Escombros contaminados, agua sin tratar y hacinamiento en refugios alimentan el temor a nuevos brotes de enfermedades en las zonas más golpeadas por los sismos de junio
Ya pasó más de un mes desde los devastadores terremotos que sacudieron a Venezuela, y el ruido constante de la maquinaria pesada sigue presente en los vecindarios más golpeados de La Guaira, en la costa norte del país.
El polvo proveniente de los edificios colapsados permanece suspendido en el aire húmedo, mientras la basura se acumula en las calles. Hay familias que acampan afuera de sus viviendas porque las consideran demasiado peligrosas para volver a entrar, y camiones cisterna circulan entre calles dañadas para llevar agua a las comunidades.
Carolina de Jesús, directora del proyecto en Venezuela de la organización humanitaria Project HOPE, quien ha pasado casi todos los días en la zona desde el sismo, relató que en algunas áreas el olor a cadáver sigue siendo muy intenso.
Expertos consultados por The Associated Press en materia de salud pública y medio ambiente coinciden en que las próximas semanas resultan determinantes para evitar crisis secundarias derivadas de la contaminación generada por los escombros y por el propio proceso de reconstrucción.
Según cifras oficiales, los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 ocurridos el 24 de junio dejaron más de 5.000 muertos, cerca de 17.000 heridos y casi 18.000 personas sin hogar. Las autoridades no han precisado cuántas personas continúan desaparecidas, aunque algunas estimaciones hablan de decenas de miles. El Banco Mundial calcula los daños físicos directos en 19.600 millones de dólares.
Los sobrevivientes empiezan ahora a enfrentar las consecuencias ambientales del desastre, en una región donde el sistema de salud ya venía debilitado tras años de crisis económica.
De Jesús describió un ambiente marcado tanto por la esperanza como por una fuerte incertidumbre sobre lo que vendrá: cómo avanzará la reconstrucción y qué pasará con quienes deban ser reubicados en nuevos campamentos.
Los residentes enfrentan polvo y otros peligros ambientales
Entre quienes todavía buscan a sus familiares está Mary Cruz Andueza, cuya madre vivía en una torre que se derrumbó por completo. La mujer, de 35 años, contó que no sabe si su madre está viva o muerta, si se encuentra en un hospital o bajo los escombros.
Andueza también relató que, a los dos días de estar en la zona, el polvo le provocó un fuerte malestar físico, y que su padre, quien padece problemas pulmonares, ha sufrido tos y alergias por la gran cantidad de partículas en el aire, dado que viven muy cerca del edificio colapsado.
Gestionar un estimado de 1,2 millones de toneladas de escombros generados por los terremotos representa un enorme reto ambiental. Buena parte de esos restos podría estar contaminada con combustibles, aceite de motor, pinturas, solventes, plásticos y otros materiales peligrosos liberados durante el colapso de las estructuras.
Esto ha despertado inquietud por la posible dispersión de contaminantes si los escombros no se clasifican y desechan correctamente. En La Guaira, montañas de pendiente pronunciada se levantan justo detrás de zonas densamente pobladas, lo que limita mucho el espacio disponible.
Joaquín Benítez, director de Sostenibilidad Ambiental de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas, explicó que las autoridades están separando los escombros contaminados del material reutilizable. El concreto y otros residuos reciclables se aprovecharán en la reconstrucción, mientras que los materiales peligrosos, como asbesto, químicos y residuos de combustible, deberán eliminarse en instalaciones especializadas.
Benítez indicó además que había visto reportes según los cuales, durante los primeros días de la emergencia, parte de los escombros pudo haber sido arrojada a lo largo de la costa o directamente al mar mientras se despejaban carreteras bloqueadas. Periodistas locales señalaron que esa práctica se interrumpió poco después.
Si los escombros con combustibles u otros materiales peligrosos llegan a las aguas costeras, los contaminantes podrían afectar tanto la calidad del agua como los ecosistemas marinos. Grandes cantidades de sedimentos y desechos de construcción también podrían alterar las líneas costeras y dañar hábitats cercanos.
Diego Díaz Martín, presidente de la organización ambiental Vitalis, advirtió que las lluvias propias de la temporada podrían provocar deslizamientos de tierra en laderas ya debilitadas por los sismos. Señaló también que buena parte del daño a ecosistemas sensibles podría pasar inadvertido, ya que muchas zonas afectadas aún no han sido evaluadas.
Para Martín, el proceso de recuperación debería incluir medidas orientadas a reducir riesgos ambientales futuros, y pidió a las autoridades reconstruir fuera de las áreas propensas a deslizamientos.
El gobierno venezolano no respondió a las preguntas planteadas sobre su respuesta ante los impactos ambientales y de salud pública derivados del terremoto.
Preocupación por agua potable y enfermedades
El acceso a agua potable se ha convertido en uno de los mayores retos. De Jesús explicó que, incluso en las comunidades donde llegan camiones cisterna, eso no garantiza que el agua haya sido tratada de forma adecuada.
Según indicó, el agua contaminada y el saneamiento deficiente están favoreciendo enfermedades diarreicas, infecciones urinarias, infecciones en la piel y condiciones propicias para la propagación de enfermedades transmitidas por mosquitos.
El doctor Mauricio Cerpa, epidemiólogo del Centro de Operaciones de Emergencia de la Organización Panamericana de la Salud, precisó que el terremoto en sí no genera brotes, sino que el riesgo surge de las condiciones que se producen después del desastre.
Cerpa explicó que el hacinamiento en los refugios, junto con la falta de sistemas adecuados de agua, saneamiento, atención médica y cobertura de vacunación, crea el escenario propicio para que las enfermedades se propaguen.
Según Cerpa, las autoridades han identificado 18 enfermedades y problemas de salud pública prioritarios que requieren notificación inmediata, entre ellos enfermedades diarreicas, infecciones respiratorias, dengue, malaria y sarampión. La cobertura de vacunación en Venezuela ya se ubicaba por debajo de los niveles recomendados antes del terremoto, lo que agrava la preocupación ante el hacinamiento actual.
Las autoridades sanitarias señalaron que detectar enfermedades en los refugios temporales se ha convertido en una prioridad inmediata. La OPS informó que sus equipos están apoyando campañas de vacunación y trabajando para mejorar las condiciones de agua y saneamiento.
Cerpa advirtió que miles de personas con enfermedades crónicas, como diabetes e hipertensión, podrían enfrentar riesgos crecientes si los servicios de salud continúan interrumpidos.
Voluntarios desarrollan enfermedades respiratorias
Miles de voluntarios y trabajadores humanitarios se han unido a las labores de ayuda, en un contexto marcado por críticas hacia la velocidad y coordinación de la respuesta oficial.
De Jesús comentó que algunos de ellos han desarrollado enfermedades respiratorias tras semanas de exposición al polvo de sílice y cemento liberado durante la remoción de edificios colapsados. Otros han sufrido deshidratación y enfermedades diarreicas producto de largas jornadas bajo el calor.
Cerpa señaló que uno de los principales desafíos actuales es lograr recuperar toda la atención médica esencial, ya que los hospitales deben retomar el tratamiento de enfermedades crónicas mientras enfrentan al mismo tiempo una creciente demanda en vigilancia epidemiológica, salud mental y atención materna.
Alycia Clark, vicepresidenta y directora farmacéutica de Direct Relief, indicó que los terremotos agravaron una escasez ya existente de medicamentos, personal sanitario e infraestructura médica, lo que deja a muchos pacientes en riesgo de perder el seguimiento de sus tratamientos habituales.
Según los especialistas en salud pública y medio ambiente, la siguiente etapa de la recuperación deberá centrarse en restablecer el acceso a agua y saneamiento seguros, reconstruir los servicios de salud esenciales y gestionar los riesgos ambientales antes de que deriven en nuevas emergencias.
Clark afirmó que la respuesta inmediata al trauma dará paso a un desafío de salud pública mucho más prolongado, y advirtió que las necesidades solo seguirán aumentando de aquí en adelante.